20/3/13

PEQUEÑO OLVIDO cuento breve




El reloj alarma sonó a las 07.00 horas.
Don Edgardo, descorrió la cortina del dormitorio y contempló el día. Era octubre y el cielo límpido dejaba ver algunas nubes.
Realizó lo rutinario pues esa mañana debía salir.
Era importante seleccionar el vestuario para el día y mantener el rostro afeitado. Utilizaría la corbata azul.
No demoró mucho en servirse el desayuno y atisbar una vez más por la ventana.
Don Edgardo llevaba ya muchos años con este ritual, de hecho el mes anterior había cumplido 92 años.
Abandonó la casa y al cruzar por la calzada se olvidó adonde tenía que ir.

10/5/11

TRANSANTIAGO cuento breve

Era una mañana del mes de agosto, cerca del mediodía, un tráfico intenso y yo al extremo de la ciudad, sintiéndome sola.
Abrí el notebook y escribí un mail para mí. Suelo hacerlo.
Me apresuré en tomar un bus del Transantiago y me llevó hacia el centro.
Junto a muchas otras personas hice mi transbordo
Me demoré algo así como cuarenta minutos, recorrí la ciudad de extremo a extremo.
Luego me dirigí a un Cyber café que encontré cerca del hipódromo. Allí esperé el turno y abrí mi correo
El mensaje llegó antes que yo.
La gente tiene la razón cuando opina en la televisión:
"El Transantiago está muy lento...”

21/3/11

UN DIA DE FELICIDAD. Cuento breve


El reloj de la cúpula marcaba las siete y media. 
Ese día amaneció luminoso, el sol radiante reflejaba brillos y colores en los ventanales de los altos edificios.
Hubo canto de golondrinas, el verde brillaba en los matorrales, en cada árbol de la ciudad.
Extrañamente la muchedumbre sonreía, hasta el tráfico parecía más rápido y fluido, el aire se respiraba limpio y aún cuando era viernes, la fila en el banco fue apenas un suspiro.
Su sonrisa ocultaba un secreto y una ansiedad sin límites, en su bolsillo un vale vista. 
El primer pago luego de tantos años de cesantía.

14/3/11

ANA MARIA




Ya te he dicho Ana María que dejes esas cosas. Que tienes el sagrado derecho a la vida y a la juventud.
Te he explicado Ana María, que no te corresponde cambiar el mundo y que el universo gira muy bien de este modo. Que tu familia está bien así.
Ya te había dicho que no armes ni desarmes problemas, porque lo seguro es que te echarán del trabajo.
¡Y qué trabajo...!
Déjate Ana María de lloriquear en silencio, de fumar cigarro tras cigarro, casi hasta la colilla. Déjate ya de mirar el mundo con el puñal en tu mano derecha, con esa furia nerviosa en tus ojos y tu hígado alterado de tanto masca que masca chicle.
Y dime: ¿Por qué arrastras el paso al caminar desafiando el oxígeno y por qué no te distrae ver lo que distrae a los demás?
¿La televisión?, ¿Las series de Televisión? (o teleseries)
Ah, la de las tres: Que llegó Daría y que se encontró con el violador. Eh, ahí está la Dalia y la Francia y ¡OH, es la Sol!
-¿Por qué no le bajas el volumen a ese aparato?
Ay, ¡Cállate por favor chiquilla!
Pero mira ¡que bien se ve la Soledad!
Debe ser la luz del estudio. Si pos, con tantos adelantos y cosas de la tele.

No te das cuenta Ana María, que con ese pelo corto no impresionas a nadie. Que con tus kilitos de más en las caderas pareces como un avestruz, amén de tu blusa y tu pantalón azul que te desfigura todo, y ese color azul que te hace ver más pálida y con tu rostro incoloro.
Y siempre lo mismo, nunca aprendiste que debes sentarte bien, no pongas los codos sobre la mesa y no abras tanto tus piernas.
Y yo que escucho tus lamentos mientras te lagrimea el ojo izquierdo, el pañuelo blanco cerca de tu boca, el pañuelo que guardas siempre metido en la manga de tu blusa...Y tu tono trágico pero despreocupado
-Que me echarán del trabajo, No, no he terminado mis estudios...Es que no puedo, mi hogar ahora es una calamidad, todo anda mal, nadie me ha comprendido nunca. Nadie entiende nada.
¡Uf, la vidita que me toca! (y llantos y lloriqueos usando el pañuelo humedecido)



Sentada junto a los ventanales, con los pies entumecidos, las manos muy heladas y la nariz irritada por el resfrío y el uso del papel higiénico, Ana María que mira el patio del colegio blanqueado por las heladas del mes de julio.
Afuera-piensa-debe haber dos tres grados, pues la niebla más parece una ficción. En la sala de clases el calorcito emana de los cuerpos de los compañeros, de su respirar. Y los ventanales que se han ido empañando.
-¡Qué ganas de fumar!-
Pero adelante está el guatón pesado:
-Qué el proceso de la foto síntesis y el oxígeno. Y la loca de la Paula, siempre con esa carita de atención y tomando los apuntes con cuadritos, llavecitas, dibujitos, letritas chiquitas...
Y Ana María siempre mirando y dibujando arañas, moscas, cruces y corazones.

Deben ser ya las diez de la mañana y ¡putas, maldición!-que no es aún la hora del recreo, y masca que masca el chicle con mayor nerviosismo que antes.
Por eso, para dejar claro este proceso oxígeno, anhídrido carbono, es necesario observar el fenómeno de los vegetales.
-Ay Paula, que no anotaste el carraspeo del guatón y no subrayaste con el color rojo en el cuadernito con espiral y portada multicolor.
Y ¿Para qué Ana María, tienes que concentrarte en la clase y no pensar en tu pololito?
Además debes pensar también en que a la tarde tendrás que almorzar a la carrera para luego ir a tu trabajo.
Por eso, te recomiendo Ana María, que prestes toda la atención a tu profesor de Ciencias y escucha con mucha atención lo muy importante que es para la vida la purificación del aire y porque por este motivo se justifican las áreas verdes. Entonces, un día estarás clarita sobre la intensidad con que tiene lugar la fotosíntesis, esto es, la cantidad de sustancias orgánicas que se forman a partir de la savia cruda y el dióxido de carbono, bueno esto depende de una serie de factores. Estos son fundamentalmente tres: la intensidad luminosa que recibe la planta (carraspeo), la concentración de dióxido de carbono y la temperatura.
El gordo exhaló vapor. ¡Qué ganas de fumar!-Bueno, tal vez sea en el recreo, en el servicio higiénico.
Mary ¿Convídame un pucho?
Quizás será mejor esperar la salida a eso de un cuarto para las dos, cuando vamos todas juntas a tomar el bus.



Cuando son las siete de la tarde y la noche ha llegado, porque en el invierno la noche llega mucho antes, en esa hora, cansada, sin más ánimo que tomar una taza de té caliente, aún con mucho frío y una cara agria, con la cabeza en los cuadernos del día siguiente (y este Manuel que estará ya en su casa, tres puertas más allá) Ana María llega y se instala en su hogar.
Como siempre, la puerta de la entrada se traba y putas, mi papá que nunca la arregla. En fin.
Seguramente no habrá pan y no habrá té y las tazas estarán sucias en el lavaplatos, sobre la mesa en el mantel plástico, estarán los cuadernos de la Claudia, que justamente a esta hora se dedica a hacer sus tareas con la tele prendida, tragándose todos los comerciales y todas las cancioncitas:
Que el placer de fumar, que es para hombres bien hombres, que si quieres sentirte libre, que tus cabellos necesitan cuidados para lucir vaporosos, que te puedes acercar sin límites...¡Qué mierda!
Ricos son los tallarines y esta salsa, y esta otra, que junte cinco logotipos, envíelos en un sobre y podrá ganar un flamante automóvil cero kilómetros.
-Desocupa la mesa por favor o al menos saca estos cuadernitos ¿ya?
Y ¡puchas! - ¿Dónde hay fósforos?
Que no hagas hervir tanto la tetera, el gas está muy caro, tienes que cuidarlo y luego dale con la Señora Julia que es la que vende el gas.
-Esta vieja está cada vez más ladrona, parece que primero usa los balones y luego los vende. Si, porque así lo hacen... ¿O No?
A esta hora del día todo es tan frío.
Sobre la mesa, una panera, dos panes tostados que no faltan, la taza de té bien caliente y Ana María que tiene clara la economía de la casa, pone tan sólo una cucharada de azúcar en el té. En ese momento aparece la mujer rubia de la tele que dice: "Esta es la única sacarina que en un plashhh...una a una" y otra voz diciendo luego: "Haga prosperar su dinero y los intereses de la más alta rentabilidad en el mercado de capitales". Y nuevo concurso del mejor té del mundo.
Musiquita de fondo...Hoy fútbol internacional vía satélite, directamente desde Asunción.
Anita tomando el té pausadamente, sorbo a sorbo, cuchara en mano, una cucharadita, otra, otra, la vista fija en un trozo de pan desmigado, otro sorbo de té y la cuchara más bien secándose en los labios, algo así como una caricia en la lengua.
Comienza la teleserie de mayor impacto y eh, música de teleseries y tú:
Anda y lava las tazas, guarda el pan que ha quedado, guarda y esconde el azúcar, así como lo hacen siempre. No ahí no. En baño María, en la fuente amarilla de plástico porque si no las hormigas. Ah. Que ¡hormigas! Andan por todas partes comiendo y destrozando todo: azúcar, harina, pan , caramelos, perros muertos, ratones, mermeladas frutas. El azúcar, cuida el azúcar.



No creas que no lo se.
Yo sé que sufres Ana María. Sobre todo con tu pobreza, con tus ambiciones frustradas y con esta sociedad maldita que no parece ser la tuya, pues a más caminar por la vida, más cuenta te das que no es para tí. Te parece tan injusta, tan fea y perversa, tan hipócrita y falsa. Y te comprendo Ana María.
De pequeñita hacías el ridículo frente a tus compañeros, con esas coreografías tan ingeniosas que tu misma inventabas, eso de muévete para allá, salta para acá. Un dos tres, adelante. Pausa. Un dos tres, atrás y ritmo, y la cancioncita pegajosa: " Help, ayúdame, en tu amistad he puesto todo mi ser. Help, ayúdame y tiéndeme la mano de un hermano, help, ayúdame".
Yo sé que te molesta ver tus sobrinos sucios deambulando por la casa, la cara manchada, las manos extendidas pidiendo pan, pidiendo un caramelo, pidiendo la papa o lo que sea.
Pero lo más que te deprime, es saber que la Loreto (y esta si que es tonta...), ha tenido dos niños sin haberse casado. Y esto cayó como una nevazón sobre tu hogar (bien sabes tú lo que es la nieve sobre fonolas).
Dos hijos sin tener marido y ahora sin tener comida; y todo el día gimiendo en torno a la mesa: ¡Tía, tía tíaaaaa!

Pues bien Ana María, que tu vida parece ser una calamidad y una pesadilla. No obstante la rutina cotidiana de que a las seis y media levántate y pon la tetera. De que anda a comprar el pan en el almacén de la esquina. 
Despertar a tus hermanos, vestirse con el viejo uniforme del colegio, esa que ya brilla de tanto uso y la corbatita, este es el detalle que más les impresiona en el colegio. Después a carreritas para alcanzar el bus justo ahí en la esquina de tu pasaje, repleto como siempre, con el olor de la piel sucia y las mismas caras de siempre, los obreros de la industria con el rostro curtido portando el bolso de la vianda, las mamás con guaguas para bajarse en el consultorio más cercano, colgando el bolso y las mamaderas, las guaguas envueltas en pañales y frazadas oscuras.
Y después la conversación del partido de fútbol, del que pasó o del que va a venir, y que me cobró el penal, y que el foul y que el off side y putas el Joselo que jugó bien. Nos veremos mañana.
Sin embargo yo sé Ana María, que a ti te gusta ver los muchachos con el uniforme escolar y les miras con disimulo y tienes tantos amigos. ¿O no? Sé que te gusta acercarte con tu bolsoncito verde, ese morral que tienes desde la navidad con las palabras paz y love. Y sé que aprovechas la música que puso el chofer y le das a este momento un toque romántico:



Hey, yo sé que tu también recordarás
que siempre que intentaba hacer la paz
eras un río y yo mar...
Y el chofer acelera que acelera, pero sólo la bulla, porque el bus no avanza nada y sube más y más gente: Córranse por el pasillo atrás la máquina está desocupada.
Hey ya ves que nunca he sido tuyo ya lo ves. Que nunca me has querido ya lo sé
Y tu "hola cómo estái" y en la radio del bus la voz ronquita del locutor: signo, Aries, amor, hay un futuro muy promisorio que se inicia en este día. Salud. Cuídese de los cambios de temperatura. Dinero, pruebe el día miércoles con el número cinco. Leo, amor.... ¿Cuál es tu signo? Claro, inevitablemente el temita tiene que venir y el bus deteniéndose en todas las esquinas y lo mismo después por la carretera...Y los autos que pasan veloces. ¡Qué rico tener un auto! Podría ser azulito o mejor blanco. ¡A la mierda!


Por eso Ana María, te gusta estar ocupada y que el tiempo se vaya como cada día para no detenerte a pensar.
Vendrás a almorzar como cada día, bueno lo que haya. Y correrás a firmar tu entrada en la tarde para soportar hasta las siete, gente adulta y gente vieja que te manda, te reprocha, te ordena y lo peor de todo , lo que más te revienta, que te aconsejen de la vida y esto acerca de los mayores y de las canas y por Dios esta niñita. Que eres tan joven y debes respetar y la interminable cantinela más y más.



A las nueve y media de la noche, una atmósfera de ensueños rodea tu hogar, tus vecinos, tus hermanos y tu pequeña casita, porque una atmósfera de letargo y de ensueños te inunda Ana María.
Y está tu padre frente al televisor, tu madre planchando y ordenando la ropa de tus hermanos, tus sobrinos se han ido con Loreto a la pieza del rincón y los demás no existen.
Te has quedado cubierta con el poncho rojo contemplando ahora tu corazón y tus pensamientos. 
Y es verdad, tu pololo existe. Le has visto nada más hace un momento. Ciertamente que él no llena este vacío de tu vida ni te mantiene relajada. Es verdad que él vive en el fondo del pasaje y hace poco han estado abrazados como a él le gusta. Han fumado juntos y en un beso de excitación ambos han olvidado el frío intenso de la noche y esta neblina que torna el barrio y la población en algo tenebroso.
No sintieron el hielo de los pies y la mano suya y tuya, se entibiaron bajo los cortavientos y se ocultaron bajo el poncho
Y que hermoso Ana María, experimentar tu existencia en este amor tan purito donde tu ordenas y tu guías. Donde tu detienes el deseo con una preguntita tonta y ese: "espera un poco que me tengo que ir"


Sumida en tus pensamientos, hoy ni siquiera te has fijado en lo que te rodea y has disfrutado esa postura tan tuya. ¿O no?
Sentada, rodeando tus rodillas con los brazos, la mirada fija en el televisor que no ves y tu oídos en pausa atenta a lo que hable tu memoria tu conciencia y tu voluntad. Escuchas los murmullos de tu madre que conversa con tu hermana menor y en la lejanía tu padre haciendo los comentarios del fútbol, de este árbitro maraco y del frío de la noche.
Ni siquiera has reparado, que tu hermano mayor, está en la mesa con los codos apoyados sobre el mantel plástico, la sopa semihelada y el fútbol en la tele que no tiene para él, hoy mayor importancia; más bien, enfrascado en añejos pensamientos y meditaciones ideológicas, filosofando si vale la pena vivir en medio de este mundo y de esta sociedad con equipos electrónicos, valores hipotecarios reajustables, unidades de fomento, sin plata para la locomoción, con este trabajito injustificado y con deseos de mandarse cambiar lejos, más allá de toda esta mierda.
Ana María, una atmósfera de ensueños pasea por tus pensamientos quietos y un letargo de mente y músculos llega hasta tus párpados tristes a esta hora de la noche, Se consume un poco en tu alma y en tu habitación el olor de la parafina de una estufa descolorida y el pensamiento del mañana.


Y te afectaba tanto que te echaran del trabajo, y era tan terrible no tener la plata para comprar un chaleco en el mercado Persa, era muy terrible, como tú dices, llegar a casa en la tarde, mirar a tu madre con los cabellos encanecidos y decir: 
-Me echaron del trabajo.
Porque parece que es doloroso Ana María, verse de pronto con la tarde desocupada y sin la esperanza de la plata del día quince. Pero parece que la mayor decepción es que te ignoren y se permitan borrar con lápiz rojo tu lindo nombre de la lista de personal. Escuchar a lo lejos al jefe que dice: esta si, esta no, esta si, esta no. Si, si, no, no, no....
Esto te afectaba tanto porque ya no tendrías la plata para los cigarros, especialmente el sábado por la noche cuando te vas con tu polololito a la fiesta de la discotheque con el sonido stéreo y el dum, dum, dum y las luces ultavioletas, en la parte más oscura de la cuadra.
¿Y cómo comprarás los cicles que invitas a siempre a tus compañeras del liceo?
¿Y los pastelitos, y las galletitas, y las frutas de la esquina?
Capaz que sea una alegría para tu pololo que tan celoso y tonto.
Que le molesta que no estés con él todo el tiempo y todo el día y que vive preguntándote que has hecho, y cómo y con quién. Pues fíjate que ahora estarás a su lado todo el tiempo en la casita en el pasaje número dos y podrá preguntar por tí a tu hermana chica.
Cabra chica que siempre anda con sonrisitas y con caritas diciendo: yo no soy como ella, y que voy a ver si está, y que ella no está pero estoy yo.
¡Cómo no te iba a preocupar quedar de pronto sin el trabajito!
¡ Si lo habías conseguido después de tanto molestar!
Después de escuchar varias veces la frasesita:
-Dése una vueltecita mañana
Frase ingeniosa que traduces de inmediato como "andate a la mierda".
Cómo a tanta gente ¿no?


Porque tú no eras la única que buscaba una entradita para sus gastos. y nada más que para no estar de balde durante tantas horas en que la mamá, dale que dale con el sermón archiconocido de que me he sacrificado tanto, toda mi vida y trabajando día y noche y ¿para qué? Si no aprovechan el tiempo, y anda chiquilla suelta, que nunca has respondido a mis sacrificios, he tenido puros dolores de cabeza con ustedes y todos son un montón de malagradecidos conmigo y aquí lavando y planchando, poniéndome vieja  para criar y alimentar vagos que no sirven para nada...Y más encima llegar con crías de cualquier infeliz callejero.
Por esta razón, Ana María, era más indicado llegar al Liceo, almorzar la sopa en la mesa pelada, sin compañía, sin mantel de género y sin pan para acompañar la ensalada de tomates. Y luego, anda Ana María, firma la entrada y desaparece durante las horas de la tarde, haciendo qué se yo que tonterías, tú sabes, donde te envíen de tu trabajo : un día a barrer, un día a hacer largas listas manuscritas, un día a comprar lo que te ordenen , a cortar y archivar papelitos y todas las hojas de oficio.



Y te afectaba tanto todo esto, algo que te destruía y te hacía llorar. Verte indefensa, sin plata, sin cigarros sueltos y ni un peso para la micro.
Más que nada de contemplarte en esta realidad, de tu casa sucia, de tu casa sin pintura, estrecha, con  olor a frituras, a humedad y grasa.
Por eso lloraste largamente en tu miseria.
Y más que una adolescente de jeans ajustados, de  pelo corto, de  poncho descuidado, llorando y gimiendo: tú eres la mujercita pequeñita, frágil que en forma tierna, suave burda y sutilmente comienzas a nacer.


¡Cuántas veces te diré Ana María que te dejes de lloriquear..!
Es que no puedes sollozar cada vez que hables de tu vida, cuando te baja la melancolía por los seres que amas y se te unen en la mente: tu madre, tus hermanos y sobrinos.
¿Para qué tanto sentimentalismo y egoísmo de aparecer como la salvadora de tu hogar y de reunir en tormo a ti todo lo disperso?
Déjate de mirar lánguidamente las rosas del invierno y el rocío de la mañana (que ya se que es bello) apareciendo tu como la hoja verde.
¡Al diablo con tus tonterías!
Que debes vivir la vida que es para ti. Que aproveches las horas y los días de tu juventud, que no atraigas más fantasías, derrotas ni fracasos mañaneros, porque te puedo asegurar que se van rápido los años, los días, las horas.¡Mierda..! Hasta los segundos y toda cuanta medida tiene el hombre para hacer coincidir el tiempo con su pequeñita existencia.







10/3/11

LA INCOMPARABLE CECILIA



Cecilia bajó desde el escenario entre vítores y aplausos,  ante un fervoroso público interpretó lo mejor de su repertorio. El ambiente estaba cálido y revuelto, el público cantaba y reía, cualquier situación era una contagiosa alegría que merecía un brindis con los amigos y las mesas vecinas.

Las luces iluminaron a los asistentes quienes coreaban el nombre de la “incomparable Cecilia” gritando: ¡otra, otra, otra!

Ella reclamó su dinero para el taxi y salió apresuradamente del recinto. La calle estaba desierta, una espesa niebla cubría la ciudad. Eran cerca de las tres de la madrugada.
El taxi viajó hacia los suburbios de la ciudad y se detuvo en la esquina del estrecho pasaje de donde descendió nerviosa.

El llanto de su hija pequeña le esperaba en la humilde habitación, estaba enferma hacía días; durante la noche la tos se intensificaba.

Se despojó de su peluca, de su traje y se limpió el maquillaje intenso del rostro. Una vez más fue la normal Juana Naranjo, la "Cecilia” del  pasaje nueve; una de las mejores "Cecilia" que había en la ciudad.

9/3/11

EL ESPEJO. Cuento breve


Nada iba bien para ella, la vida se tornó adversa y el túnel de la decepción se hizo mas extenso.
La causa de tanto fracaso y de tanta derrota estaba, según ella pensaba, en su propio hogar.
Frente a su cama en el pequeño dormitorio, desde hacía varios meses, un gran espejo roto.
Esa mañana de invierno, como cada día, se disponía a efectuar la travesía por la ciudad, pensando en terminar sus angustias.
La carretera central estaba despejada y húmeda, era la mañana de junio y los vehículos transitaban de norte a sur a gran velocidad. El expreso  hizo su recorrido en forma expedita y ella en pocos minutos caminaba por la vereda lateral con el gran espejo bajo el brazo. Un espejo roto siempre es causa de desgracias e infortunios.
Con paso nervioso y con la idea inquietante rondando en su mente, se acercó al puente Bulnes sobre el río Mapocho. "Mátame de frente", leyó de reojo en un descolorido mural que representaba las bayonetas de los soldados apuntando a un sacerdote.
Caminó hacia el centro del puente gris,  desde donde a unos cinco metros hacia abajo, el torrente oscuro corría a gran velocidad; a sus espaldas los vehículos sobre el puente encendían las luces y activaban el limpiaparabrisas, la superficie vibraba levemente.
Con sus manos temblorosas, desde allí , arrojó el espejo que golpeó el agua y se rompió en pequeños trozos,  que se perdieron de vista rápidamente.
La corriente del río se llevaría la mala suerte y sus desgracias.
Respiró profundamente y se encaminó hacia  el sector de Matucana.
La lluvia se desató sobre la ciudad, ella aceleró sus pasos procurando controlar la emoción...



7/3/11

ÁLVARO

 
Hacía ya más de quince días que Álvaro iba y venía intranquilo, con su mente puesta en aquella tela blanca que permanecía inmóvil y muda en el atril.
Desde su última pintura quedó insatisfecho y vacío pensando que podría tal vez obtener mejores resultados. Pero hasta hoy, en vano luchaba por encontrar una respuesta.
Había adquirido una tela más grande que lo habitual, pues, generalmente, el tamaño que usaba le quedaba estrecho para la contención de su ímpetu, una vez que tomaba los colores. De esta manera derrochaba el óleo inútilmente sin hacer el cálculo adecuado. La última vez-pensó-mientras caminaba a la tienda, quedó una gran cantidad de amarillo y rojo sin usar y en realidad ya todo el espacio de la tela se hacía estrecho y limitado.
Por esta razón, una tela de amplias dimensiones, le ayudaría en su nueva creación.
No obstante ahora, recorría su taller de lado a lado, miraba sus creaciones anteriores, recordaba las reproducciones de clásicos famosísimos, examinaba su mente y su memoria recorriendo con el pensamiento calles, avenidas, parques, mercados y senderos buscando los nuevos elementos que configurarían su nueva pintura.
Era inútil, nada parecía vibrar en su inspiración.
Sobre el viejo escritorio y en torno al atril docenas de bocetos, decenas de croquis que podrían convertirse en la pintura definitiva.
Con estos mismos pensamientos se había dormido la noche anterior, mirando en la oscuridad las siluetas de los árboles que se movían en el cristal de los ventanales. En sueños le pareció estar pintando algo, pero al amanecer la imagen se tornó indescifrable.
Álvaro permaneció sentado en su pequeño taller, mirando la tela blanca con un carboncillo en la mano y con muchas hojas de dibujo sobre la mesa.
Así le sorprendió el mediodía.
Su impavidez fue decreciendo hasta convertirse gradualmente en una angustia que le aquejó amargamente.
Lo que no comprendía era por que precisamente ahora tenía este gran vacío de creación. Lo más natural era  que sus manos y su mente le permitieran crear como siempre fue cuando sus manos deslizaron suavemente la pintura sobre la tela.
Le sorprendió el horario del almuerzo.
Le bastó un par de huevos y una fruta. Decidió que lo mejor sería caminar por algún rincón de la ciudad.
Observó con atención el día y como vio que el otoño amenazaba lluvia, decidió abrigarse con un  chaleco de lana. Tomó su carpeta y su tablero, aseguró la cerradura de su taller y salió.
Caminó largamente por el centro de la ciudad, se detuvo para contemplar las nuevas construcciones, observó las palomas de la iglesia y puso su mirada en las alturas.
Por la  calle muchos rostros iban y venían ajenos a su creación y a su mirada: hombres de faz rasurada con ese aire especial de quien domina la ciudad, distrayendo la mirada en los diarios de la esquina o en el cutis de cada mujer que pasa. Observó a los estudiantes deambulando como él por todos los portales en donde las tiendas exhiben sofisticados vestuarios.
En algún punto tropezó con la policía política que siempre evidenciaba su presencia y que fijaban la mirada en las personas algo diferentes.
Más tarde tomó dirección hacia el parque.
Ahora hacía frío y el cielo estaba revuelto. Caminó a través de los árboles y el césped. Caminó en el sentido contrario de mucha gente y pensó en el arte:
¿Qué era el arte? Meditaba,  crear, elevarse muy alto por sobre las demás criaturas y por sobre los elementos. Era volar y volar en las alturas, cerca de la divinidad, porque desde allí  las cosas y las formas adquieren una dimensión nueva.
Pero al mismo tiempo, crear era descender, ubicarse tan cerca de la tierra, hasta poder tocar la arena con los ojos, hasta poder sentir en la frente el paso de los insectos, y escudriñar los pensamientos del hombre, porque de esta manera la creación estará al alcance de todos.
Pensó que habría que estar muy arriba, junto a las estrellas, pero tan abajo como la tierra misma y así el camino de la creación interpretaría nuestras realidades.
Una, otra y otra, las leves gotas de lluvia tocaron su faz. Una débil garúa, la primera del año, casi imperceptible. Era el día viernes y el parque se encontraba desierto, en la larga avenida de árboles viejos y escaños grises no había nadie.
En aquel lugar la naturaleza era hermosa, la majestuosidad de la hierba y su frondosidad golpeaban sus sensibles pupilas, su corazón se conmovió porque el cielo descendía y la naturaleza le pertenecía. Muy lejos de allí se escuchaban los bocinazos e instrumentos de percusión.
Caminó por la hierba esponjosa como si el camino ya estuviese trazado mientras el arco de follajes ocultaba un cielo gris de intensa luminosidad y llegó a ese lugar extraño.
    
Oculto en el último rincón del parque había un gran rectángulo. Algo semejante a una inmensa pista de bailes o a un gran escenario que con seguridad tenía que ver con una construcción antigua.
En los costados se levantaban unos pilares similares a las grandes columnas de los templos griegos que siempre vienen en las postales.
Álvaro permaneció contemplando el movimiento de la brisa y luego descendió para sentarse a los pies de un descolorido pilar amarillo. Era hermoso el lugar y desde allí dominaba esa gran pista, el césped y los escaños.
Preparó  sus carboncillos y su  tablero de dibujo.
En ese momento, cuando al mirar hacia el costado apareció la imagen que extrañamente no había percibido: A corta distancia, sentada junto a otra columna, una muchacha le observaba atentamente. Largos sus cabellos y su mirada perdida en algún punto. Esta vez sonreía y miraba con mucha curiosidad como Álvaro iniciaba los trazos en el papel.
No fue interesante para la muchacha las trivialidades de la charla de Álvaro, más bien se distraía mirando el movimiento de la hierba y el follaje de los árboles vagando con su mente en lejanos pensamientos. Sus ojos tan pronto parecían luminosos y vivos, como tristes y somnolientos y su sonrisa momentánea se transformaba en una delicada rigidez.
Álvaro dejó su tablero, las gotas de lluvia se transformaron en brisa y en aquel lugar surgió una pequeña primavera. Caminaron por el prado húmedo mientras la niña hablaba del infinito y de las estrellas que titilan desde millones de años, habló de las órbitas de los globos luminosos y de los planetas que son cobijados por muchas lunas celestes. De pronto enmudecía y sólo se escuchaba el roce de los pasos al caminar sobre la hierba.
La noche llegó prontamente y la ciudad encendió sus farolas...


Sentado en el último asiento del bus, recorrió con el recuerdo aquel día y el último encuentro de la tarde, sin duda la noche sería extensa.
Iluminó su taller y sintió esa extraña inspiración que domina el alma del artista. Tomó una hoja y sus dedos rasgaron la blancura, allí apareció el rostro de la niña de la tarde entre la hierba.
Entonces vino a él una obsesiva pasión, la tela más grande conservada los últimos días, la ubicó en el atril. los colores escaparon, las pinceladas se reactivaron, apareció en su mente el mismo cielo gris, el verde azulado de los árboles, el mismo fulgor de la brisa, la mirada perdida e intensa, los cabellos mecidos al viento y su inquietante ímpetu por los colores y la libertad de deslizar los pinceles en los espacios de la tela.
La pintura le acompañó durante la noche, sin sueño y sin cansancio y cuando el clarear del alba apareció por el oriente observó la pintura y sobre el sillón se durmió.

En su breve sueño, siguió pintando y vagó por el espacio entre formas y colores.
El sol de la mañana iluminó su faz cansada y sin afeitar. Sus labios rojizos descansaron en su mano derecha y su cabello gris y revuelto le cubrió la frente.
Entre los colores de la noche anterior y el trinar de las avecillas que saludaban el tenue sol de la mañana, Álvaro se despertó.
Allí estaba la tela que esperó por tanto tiempo el roce del pincel y la pulcritud de su tratamiento. La pintura dejaba ver el rostro de  una hermosa muchacha de cabellos largos y grises que caían sobre el hombro semi levantado, en otro plano estaba el parque y más allá el cielo luminoso de la tarde.
La noche fue muy breve y el deseo de pintar, muy intenso, de modo que esta mañana al observarlo con una lucidez renovada, su mirada se tornó más crítica.
Era, sin duda la misma muchacha, el rostro delicado y pequeño, algo de palidez. Sus labios finos diminutos y redondeados y el mismo cabello. Parecía como que descansaba en las antiguas columnas bajo la tarde gris y con la brisa juguetona. Era ella.
Mas, algo estaba ausente, tal vez la mirada, tal vez la exuberante naturaleza, tal vez el gris del cielo o quizás la transparencia de su cutis. Algo estaba ausente.
Álvaro entonces una vez más quiso revivir las imágenes, se levantó y mezcló los colores sobre su paleta, concentró su trabajo y modeló una vez más ese rostro y todo el entorno de la magia del tarde anterior.
Las horas se desvanecieron ante el atril a tal punto que la lámpara que permanecía encendida, le sorprendió con el ocaso de la tarde e iluminó el taller al caer la noche.
No consumió alimentos ni descansó, sólo muy tarde, cuando ya los ruidos se multiplican en la complicidad del silencio nocturno, rendido, contempló satisfecho su obra y no tuvo fuerzas para contrarrestar el sueño.
Durante la noche, su astral le llevó a mundos fantásticos. Un coro de luciérnagas, grillos y aves pequeñas le acompañó en su vigilia. Caminó por un sendero profundo y vio que el cielo descendía en tonos multicolores, la intensidad del violeta y del carmín construían un mundo de formas desde donde emergían unos ojos grandes y penetrantes, las pupilas del parque y la misma mirada que le vio dormirse desde la tela. 
El tiempo y el espacio perdieron las proporciones y muchos seres extraños se aproximaban a él. La visión dulce y confusa le acompaño en un profundo sueño.


Pero algo inesperado ocurrió a la siguiente mañana.
Aún algo adormilado dirigió su mirada a la tela sobre el atril y lo que presenció fue inexplicable, se acercó más aún para ver el espectáculo y lo que vió le pareció horrible:
Sobre el extremo del atril, los colores se habían unido en un espectral tono gris. Sobre el tramado de la tela los colores se escurrieron como si un extraño y desconocido líquido hubiese sido arrojado de arriba a abajo, algo similar a que se derrame pintura sobre un muro húmedo.
El rostro de la muchacha ya no estaba allí, ni el verde majestuoso de la tarde ni la luminosidad del cielo.
Era como la prolongación de su sueño.
Álvaro no encontró una explicación a todo lo que sus ojos veían, examinó con atención la tela y sólo parecía como una aguada de diluyente, la que usan los artistas en la parte previa de la aplicación del óleo.
Sin embargo, al mirar el contraluz que casualmente Álvaro lo hizo, podía apreciarse una extraña figura concéntrica que delineaba un sinfín de fractales con su interminable secuencia de formas. Algo muy extraño que nunca estuvo en su diseño.
Álvaro sintió que una lágrima humedecía sus mejillas e intentó atisbar el paisaje exterior que ocultaba una niebla fría. 
La muchacha había expresado una indecifrabale frase al perder su mirada en el infinito y ahora la recordó:
¿Creerías tú que a veces las palabras como los suspiros y los viajes en el tiempo, duran miles de años?
¿Podrías creer que esa estrella que se asoma, hoy ya no existe..?








3/3/11

MUÑECA




Las enormes pupilas azules, con el sol del atardecer, brillaban como dos luceros en el fondo de la vitrina del bazar. 
Se reflejaba en ellas , como en un espejo el paisaje exterior.
Ahí, en el centro de un sinfín de regalos, se encontraba la hermosa muñeca de loza.
Casi impecable, de no ser por el polvo que cubría su fina ropa de terciopelo azul y encaje blanco.
Dos aureolas rosas adornaban su redondeada y pálida cara, de un color similar eran sus labios que dibujaban una total armonía en su rostro.
Además de su hermosura, lo que más resaltaba en ella, era la melancolía de su mirada y la tristeza de permanecer tanto tiempo inmóvil en el mismo lugar.

En los suburbios, más allá de la avenida, junto al camino desierto, una vivienda pobre , una familia modesta y una pequeña niña que sueña.
Es una niña risueña de no más de nueve años, una niña inquieta y extrovertida que entre la Escuela y los quehaceres de la casa no tiene tiempo para jugar.
Su aspecto desordenado, con los cabellos al viento, da cuenta de heridas en las rodillas de tanto correr sin detenerse.
La niña se detenía cada terde frente a la vitrina del bazar, era una escena cotidiana este diálogo mudo entre la pequeña y la hermosa muñeca de loza.
Los grandes ojos azules de la muñeca hermosa, avivaban su imaginación y despertaban cada día un profundo anhelo de jugar con ella, peinar sus cabellos rizados, sacudir el polvo de sus hombros y acurrucarla junto a su pecho igual como hacen las madres en su tierna maternidad 

Casa atardecer estaba allí, siempre hermosa, al fondo de la vitrina.
Cada día la dulce niña acaricibia desde lejos las mejillas rosadas de la muñeca y con ello , palpitaba su corazón.
Su deseo de tenerla era creciente en su csa pobre, más allá de la avenida.
Así son siempre los sueños de los niños.



Una tarde de invierno, todo se rompió abrupatamente.
Un presentimiento extraño y secreto le invadía mientras aceleraba el paso para llegar al bazar donde una vez más soñaría con sus juegos.
Se confabuló la brisa del invierno, el ajetreo normal de cada día viernes y la soledad de sus juegos infantiles,
La pequeña corrió para llegar pronto a la esquina y encontrarse con esos ojos azules.
El espacio de la muñeca estaba vacío.
Un escalofrío recorrió su cuerpo menudo y un suspiro se ahogó en su garganta, sus dedos temblorosos se retorcieron nerviosamente y dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas hasta los labios entreabiertos y secos.
La noche venía lentamente y las luces del barrio se encendían. Los ojos buscaron tristemente el suelo y una ilusión llegaba a su fin.

No muy lejos de allí, otra pequeña niña apresuraba el paso. Su corazón latía fuertemente mientras sus brazos aprisionaban una muñeca de loza.
Los enormes ojos azules y las rosadas mejillas parecían haber encontrado un alma gemela.
Ella había sacudido el polvo de su terciopelo azul y se escuchaba el íntimo murmullo de su voz:
"Mi hermosa muñequita, mi muñequita linda.."
Su joven madre la tomó de la mano, le ajustó el sombrerito rojo y apresuraron el paso para cruzar la calzada.
Su padre la esperaba junto al automóvil plateado y desde allí emprendieron el fugaz viaje.
Sobre la ciudad comenzaba a llover.

24/1/11

MARIPOSAS ERRANTES


  
Las mariposas multicolores y frágiles revoloteaban en torno a las flores silvestres, mimetizando sus alas en los pétalos nuevos, yendo y viniendo fugazmente de uno a otro alternando los colores y produciendo un arco iris de vida.
Abejas, moscardones, libélulas, larvas y las nueve mil doscientas cincuenta  especies de insectos viven en plena armonía y en perfecto equilibrio en aquel jardín que las naturaleza les ha entregado para que reinen allí y mezclen sus formas y colores con las formas y colores de los arbustos.las hojas, las flores y las enredaderas.

El sonido eterno y persistente del agua que viene de más allá de la quebrada, es el único sonido que deleita los sensores de las pequeñas criaturas.
El agua escurre cristalina por entre los desniveles que entrega un paisaje florido.
El tono verde se transforma en rosa y el rosa en oro y el oro en un brumoso violeta. Entre los pequeños arbustos el zumbido de un picaflor y el aletear de las mariposas que salpican de flor en flor.




A lo lejos, más allá del agua cristalina, donde se desvanece el gorjeo del ave, donde se disipa el verde de mil tonos, donde el manto de multicolores pequeños vegetales bailotean con el ritmo de la brisa. Más allá del camino húmedo, donde el cielo pierde lentamente su fulgor celeste, donde el sol se oculta, más allá del campo, donde la paz de la creación se interrumpe violentamente con el estrépido de motores en marcha, donde cientos de industrias se reparten en pequeños trechos y se produce el inconfundible sonido de una ciudad activada. 
Allí, entre chirridos, voces, sonidos, motores y armas: tienen los hombres su guarida.
Y cada día el hombre levanta sus construcciones de violencias, avaricias, orgullos y falsedades, despertando en este afán cada día para crear sofisticadas formas de dominio y de poder que no serán percibidas por el resto, porque el fin último de los hombres, es imponer sus criterios y sus propios parámetros de lo bueno y de lo malo y eliminar a quien sostenga lo contrario.
Por eso, la guarida de los hombres está recubierta de bondad, de justicia, de verdad, de coherencia y de valores solidarios.
Y los demás seres del planeta observan todo esto.
Y el hombre tiene un arma que el mismo creó y que puede destruirlo todo. Lo hará sutilmente, sin violencias, sin ruidos, sin confrontaciones bélicas, pues esto y aquello ya fueron superados por el ritmo de la perfección que el hombre ha alcanzado en una nueva tecnología de la violencia y el exterminio.
El hombre ha volcado su mirada al campo de la ingeniería química.
Y desde allí, sin violencia confrontacional, más bien de forma pacífica, fría e hipócrita puede destruir al otro de una forma letal y definitiva.
El hombre ha encontrado en las partículas invisibles de la vida la esencia de la destrucción, pues desde donde el género humano fue generado, justamente desde allí, puede ser aniquilado.
Por esto, la investigación científica transformó el poder y la muerte en una ecuación química.


Era el mismo momento, la misma hora y el mismo cielo, era la misma órbita del planeta, el mismo reloj y los mismos segundos.
Millones de mariposas, de todas las especies revoloteaban meciendo dulcemente las millones de flores. Las mariposas están constantemente cada una hora y venticinco minutos, libando y libando del néctar de millones de óvulos que ha creado la vida en el lugar más íntimo de cada flor y es por esto que sus colores superan la fantasía y la lógica del prisma.


En la inmensa guarida del hombre, protegida por las estructuras del cemento y del concreto, el hombre había creado su propia guerra. 
So pretexto de proteger la seguridad y como estandarte de la libertad el hombre justificó la guerra en los miles de medios informativos del planeta a tal punto que el mundo quedó rendido ante sus héroes.
Desde la guarida en un lugar de la tierra, la bitácora de la destrucciòn estaba escrita, pero los inocentes no la percibían. Destrozar la creación de millones de años suponía no racionalizar mucho.
No había necesidad de armas convencionales ni estereotipos de guerra, ahora bastaba pulsar una pequeña pantalla que activa los miles de microcircuitos y la destrucción está encadenada. Para tal efecto, sólo se precisa el índice y un pulsador sensible al tacto, es la esencia del progreso y permite, como en las civilizaciones antiguas tener la vida o la muerte en uno de los dedos de la mano.


Aquel día de agosto, entre paneles electrónicos, tarjetas y programadores, el hombre no hizo más discursos, ni parlamentó sobre la paz, no hubo más declaraciones y nadie habló sobre el futuro.


De las cuarenta y cuatro mil , cuatrocientas catorce válvulas establecidas en todas las áreas pobladas del planeta, una nube imperceptible de partículas bacteriológicas y gases tóxicos, en apariencia inofensivos, cubrió la capa más cercana a la atmósfera.
En forma instantánea, cayeron desde su vuelo las palomas, desde sus nidos los polluelos, desde el tendido eléctrico las golondrinas y todas sus pequeñas crías. Los saltamontes cubrieron de verde los sembrados y toda la vida pequeña, toda especie, toda familia, todo núcleo y poblaciones fueron reducidos a un exterminio letal.
En la selva cayeron los feroces animales, en el campo se desplomaron los animales domésticos y toda flor y toda hierba y todo pez y toda bacteria.
En el mes de agosto, las partículas de gas avanzaron y el planeta quedó sin vida. 
Las calles, los caminos, los callejones, las avenidas, los enormes edificios y torres fueron testigos mudos de la gran proeza de la ciencia. No hubo vencidos ni vencedores, no hubo registro de culpables e inocentes y la televisión no pudo informar de los detalles de la guerra. Simplemente en el planeta se extinguió toda forma de vida. 


En ese mes de agosto sólo pudieron sobrevivir las mariposas.

Las mariposas fueron inmunes al cultivo de bacterias y a la radiación de los gases. no les afectó el gas letal que se esparcía en la atmósfera y en la superficie del planeta. Las mariposas sobrevivieron y esparcieron sus pequeños vuelos multicolores.
Ellas bebieron en su continua libación del néctar y la esencia de la flores. Y el néctar y la esencia de las flores en la intimidad de su naturaleza contiene el néctar y la esencia de la vida, de tal manera que mientras pudieran beber de la esencia de la flor, cualquier mariposa pequeña o grande podría permanecer con vida.
Desde los milenios de la humanidad y por eones de tiempo, las mariposas y sus pequeñas larvas han libado de la esencia de la flores y han esparcido la vida en los parajes del planeta.
Mientras los millones de seres del planeta se disputaban el residuo de la fotosíntesis, las mariposas que fueron creadas para la vida, absorbían el néctar el aroma y el perfume de las treinta y seis mil trescientas cincuenta y cuatro especies de  flores de la tierra.
Una sustancia siempre rechazada por los seres del planeta por su poca consistencia, por la escasa presencia de nutrientes y por su despreciada efectividad.


Así fue que en el mes de agosto, tan sólo las mariposas y sus pequeñas larvas prevalecieron y pudieron superar la terrible prueba de la destrucción.


La superficie quedó inerte y a pesar de que las chinitas también se matuvieron en pie, finalmente cayeron desvaneciéndose como átomos en pequeñas piedrecitas y arenas de colores.


Sin embargo, las mariposas habrían de enfrentarse a un gran problema.
Por milenios ellas habían llevado una vida sencilla y calma sin complicaciones. Ahora confrontaban esto con una nueva situación.
El problema de las mariposas fue que las flores se marchitaban. Era lógico, las flores tienen la extraordinaria potencia de la vida, bastaba observar sus pistilos transparentes, sus cálices y sus estambres, pero la enorme radiación, la contaminación absoluta de los tóxicos en la atmósfera y en el agua, no permitían la subsistencia de sus pétalos y cuando ello ocurre, las flores de marchitan y se inclinan saludando el llamado de la tierra.


Las flores, sus estambres, sus pétalos y filamentos fueron consumidos por las tinieblas y por la enorme nube de radiaciones tóxicas y bacteriológicas, conformaron junto a los arbustos, a los árboles y a todo vegetal , el desolador paisaje de la muerte.






Las mariposas revolotearon entre las sombras del día gris y decidieron emprender el vuelo, como los demás habitantes de nuestro planeta actuaban como un conjunto, atraídas por su propia especie y con un espíritu grupal.
Ellas necesitaban de la flores y de los colores para la vida, necesitan del polen que es el esencia de la vida para su vuelo y su permanencia.
Era una cantidad inmensa de mariposas venidas de todos los lugares de la tierra, pequeñas y grandes, rojas, amarillas, blancas, mariposas fuertes y débiles, el espectáculo de mil colores en movimiento que cubrieron el cielo oscuro y tenebroso. Un éxodo de color y movimiento.
Las mariposas, las pequeñas larvas y crisálidas dejaron como especie el planeta, al inicio de septiembre y buscaron en el universo, en la gran galaxia
un sitio que pudiera ser apto para ellas. Las mariposas las pequeñas larvas y crisálidas no sabían de otro lugar para la vida pues por eones de tiempo vivieron y disfrutaron su propio cerco, sin saber que eran insectos cósmicos.




Más allá de la atmósfera, en un vuelo lento y continuo, aquellas mariposas errantes encontraron una paz y una soledad diferente. Un silencio eterno y profundo que les permite escuchar su propio vuelo y el roce del aleteo de sus alas.
En las inmensidades del cosmos, nunca se vió algo similar, era el sítoma evidente que algo había ocurrido en aquel lejano planeta azul
Y desde la grandeza de la creación, las mariposas grandes y pequeñas , observaron la tierra, como un sólo ser, pues así actúan las especies más pequeñas, sintieron la nostalgia por su habitat, meditaron sobre su vuelo y anhelaron el néctar de las flores , la esencia de la vida.
No comprendían por que unas criaturas inmensamente más racionales habían destruído ese mundo.


Finalmente, luego de largas y fatigosas jornadas, aquella caravana multicolor divisó un planeta, desconocido y oculto para los hombres , que les pareció apropiado y decidieron establecerse definitivamente allí.
Era un lugar solitario, pequeño y florido hasta donde llegaba la luz de la estrella, el cielo se veía límpido y transparente, la luz partía los colores y acentuaba mágicamente  el brillo y la tonalidad de cada elemento.
Las mariposas entonces, aceleraron su vuelo, recobraron el vigor y el aroma de la vida el color de nuevas flores les alentó a volar y volar.
Por fin al mediodía de ese pequeño planeta, tomaron posesión de su soledad.
Aquel planeta era pequeñísimo, el día y la noche se reducía a unas pocas horas.
El problema que tenían las mariposas en aquel lugar, era con respecto al vuelo, les era imposible mantener el vuelo. La gravedad era muy escasa para seres tan frágiles, esto producía una flotación constante y sus alas se desvanecían como plumas al viento sin control y sin distancia.
Para cada una de ellas bastaba un débil impulso y perdían el control absoluto de sus alas y su dirección.
No era algo tan simple para ellas.
Por milenios y de generación en generación habían perfeccionado el arte de batir las alas plástica y armónicamente adquiriendo la velocidad en pequeñas curvas de altura.
Las mariposas ya no emprendieron más el vuelo. Se estacionaron sobre una flor y recorrieron sus partículas hasta devorarla por completo.
Su vida se convirtió en sedentaria y pasiva.
Aunque el paisaje era apto y diseñado en apariencia para la coexistencia de insectos, larvas, aves y todas las pequeñas criaturas, aunque parecía disponer de los sonidos que sólo criaturas pequeñas pueden oir, las mariposas y sus pequeñas larvas, no tardaron en comprender que una forma distinta de morir les esperaba inevitablemente, y al morir todas ellas, la esencia de la vida de la cual son portadoras tendría que desaparecer del universo.
Decidieron emigrar de allí.


Fue un éxodo fatigoso, pues muchas de ellas definitivamente no pudieron equilibrar sus alas.
El gran problema que ahora acompañaba su cancino vuelo era la frustración.
Millones de pequeñas mariposas deambulando sin sentido en la inmensidad y en la soledad del cosmos, en la búsqueda del secreto que sólo ellas conocen.
Esta era la desazón, la lucha por una subsistencia casi imposible.


Las mariposas y sus pequeñas larvas y crisálidas, iniciaron su viaje buscando un mundo nuevo. Volaron y volaron, jornada tras jornada, sin pasado sin futuro. sin rumbo, pues tal es la vida más allá de nuestra luna, sin reposo.
Finalmente agotadas, extenuadas por un aleteo incesante, una a una, primero las mayores, y luego las más pequeñas fueron perdiendo su aliento de vida y desaparecieron para siempre como pequeñas estrellas fugaces en el espacio.

La única posibilidad de preservar la vida se había extinguido





20/1/11

EL CORO DOMINICAL

 
Sentado en el último rincón del coro dominical, Andrés rasgueaba la guitarra y cantaba con fuerzas los salmos y cánticos durante la Misa del Domingo.
Era un joven delgado y menudo, de tez pálida que evidenciaba su debilidad física y cuyo rostro denotaba lo vulnerabilidad de su salud.

Generalmente el coro, los músicos y salmistas se reunían los días viernes en uno de los salones del templo. Durante la preparación para la Misa, se designaban los cantos y se disponía del repertorio. La Misa se iniciaba a las nueve de la mañana.
Andrés había ingresado a ese grupo coral cuando cumplía los dieciocho años, desde entonces había visto como muchos jóvenes ingresaban y se retiraban conforme a las expectativas que cada uno se generaba.
Durante su permanencia vio llegar a grandes músicos. Eximios guitarristas o violinistas, tenores, sopranos y toda la gama de personajes que deambulan por las Iglesias, en las festividades, en las celebraciones y en la Misa Dominical.
Al inicio de su adolescencia alguien le había regalado una guitarra con la que practicaba largas horas para finalmente disponer de algunas melodías que interpretaba en público.
Siempre se dio cuenta de las limitaciones que tenía producto de no haber estudiado música y de no contar con las facilidades auditivas. Sus avances eran muy lentos y de mucha dificultad para la participación en las festividades litúrgicas. Definitivamente nadie educó su oído, nunca fue estimulado en el conocimiento de la música y cuando quiso hacerlo, parecía ser  ya demasiado tarde.
Cada vez que había que preparar un canto, Andrés precisaba de mucho tiempo.
Pasaba horas con su instrumento tratando de descubrir como se generaban los compases, en que consistía esa cuadratura y por qué era éste y no aquel acorde.
Tenía problemas de afinación y difícilmente captaba las tonalidades.
Lo que siempre sucedía era que el director del coro, entregaba indicaciones generales; no ocurrió que se detuviera a tratar el caso de Andrés en forma específica.
Lo que Andrés anhelaba era poder participar del coro y de las ejecuciones en armonía con los demás, le preocupaba desafinar, desentonar o descuadrarse en plena presentación.

Su experiencia de varios años siempre estuvo limitada, amén de que el ingreso de músicos de probada calidad le impedía ser designado como solista frente a la asamblea. Las exigencias del coro pasaron a un nivel superior.
El grupo incluía cuerdas, vientos y percusión, el coro lo componían tres voces lo que se transformaba en una secreta frustración porque experimentaba la certeza de que no estaría en la primera línea del coro dominical.
Estaba relegado al último rincón y allí su música pasaba casi inadvertida, al menos para el sonido de la asamblea.
Cuando por una razón muy especial, el músico principal no asistió a la liturgia, Andrés tuvo la posibilidad de tener un rol protagónico, no obstante la pasión y la entrega que eso suponía de su parte, la evidencia de sus limitaciones sólo acentúo la apreciación cruel de sus compañeros, porque la música tiene su métrica y era algo que él no podía descubrir.

Las mañanas de los días domingos, por lo general, el templo estaba repleto, cada parte de la Misa incorporaba melodías y los fieles tímidamente alzaban sus voces.
Los integrantes del coro se ubicaban en el sector derecho del altar mayor junto a las columnas y desde allí emergían los instrumentos y las voces.
El coro dominical era el gran orgullo de aquella comunidad.
Sin duda que la mayor cantidad de feligreses se hacían presentes el día llamado de "los ramos", que es el domingo que precede los ritos de la semana santa y donde cientos de personas se agolpaban  con pequeños ramos  de olivo entrelazados con palmas.
Era la celebración que más cautivaba el espíritu de Andrés. De muy niño su madre le habló de este día domingo y le enseñó la melodía que él siempre quiso interpretar:
Misericordia Dios mío por tu bondad,
por tu inmensa compasión , borra mi culpa,
lava del todo mi delito, limpia mi pecado
pues yo reconozco mi culpa...
Este salmo lo memorizó, lo aprendió en su guitarra y sin duda era la oración íntima que le conectaba con Dios y que con mayor frecuencia brotaba de su pecho.
Tenía una especial significación, puesto que a través de este canto pudo establecer el vínculo que le permitió integrar la asamblea de los jóvenes de la Iglesia.
La festividad del domingo de ramos que se aproximaba, le encontró como cada año, con una ansiedad por participar junto al coro en la gran asamblea que iniciaba la conmemoración de Semana Santa.

Esa mañana, junto a las columnas del templo, Andrés integraba el coro dominical sentado en el rincón posterior. Se sentía muy débil y su palidez era mucho más intensa, sentía que su pecho estaba compungido y un temblor recorría su cuerpo, solía ocurrir, pero pronto estaría todo bien.
Una gran asamblea repletaba el templo y los instrumentos y las voces cantaban:
Santo, santo, santo.
Los cielos y la tierra están llenos de ti
Hosanna, hosanna.
Pero algo ocurrió.
Andrés luego de una repentina convulsión, se desplomó de su silla, su piel fría y una violenta detención de su ritmo cardíaco provocaron la detención de su respiración y la melodía se ahogó en su pecho. Quedó tendido sobre el piso.
Su mano rígida y pálida apretó el instrumento y sus ojos quedaron fijos en algún punto de las paredes.
La brisa de la mañana, trasportó el perfume de las hierbas hacia el interior del templo y la asamblea de los fieles, al son de los instrumentos aún entonaba:
Bendito el que viene en el nombre del Señor,
Hosanna en lo alto del cielo.
Una leve sonrisa apareció en el delgado rostro del joven, sus compañeros nerviosa y discretamente retiraron su cuerpo tras el resto de los integrantes del coro, lo deslizaron y le pusieron en uno de los sillones laterales que se encontraba cerca de la sacristía. En ese lugar los fieles no se habían acercado, y en realidad nadie a excepción de sus amigos del coro, se enteraron de lo que ocurría.
El eco del templo multiplicaba el coro y los instrumentos:
Amar como tu amas, sentir como tú sientes
mirar a través de tus ojos, Jesús. Estoy aquí
¿Qué quieres de mí?

Desde aquel lugar del templo, Andrés vio como las paredes grises se transformaron en marfil transparente y el encielado recibió los fulgores multicolores. El brillo de las columnas de madera se transformó en metal precioso y el perfume húmedo del otoño, dio paso a los aromas y bálsamos del oriente y occidente en una conjunción de magníficos olores. Desde un punto del espacio llegó el aroma del nardo índico , se desplegaron las brisas doradas y el cielo se abrió.
Las nubes se transformaron como la tormenta con la fuerza del sol, pero no eran las nubes , ni era el sol, era más bien la plenitud del color y de la vida que dejó asomar los esplendores de una alba eterna, límpida y fragante.
Y a una comenzaron a vibrar todos los instrumentos, que eran cientos de miles que endulzaban la brisa con la más sublime y colosal melodía. La música llenaba el firmamento dorado, como no lo harían al unísono, los trinos de las diez mil especies de aves emigrando por el cielo y como tal vez lo soñó el compositor más virtuoso del planeta.
Y a los cientos de miles de instrumentos, a los violines, a las cítaras, a las arpas, a los violoncelos, a los laúdes y trombones, se unieron las miles de voces en perfecta armonía y con los cientos de matices y registros que no se encontraron en la polifonía de los coros más virtuosos.
Esta era la plenitud de la música  que no podrían contener los pentagramas de todas las generaciones y que se transportaba en una atmósfera celeste indescriptible, produciendo notas desde los cuatro puntos. El concierto de mayor musicalidad del hombre, se escucharía como un pequeño acorde en el majestuoso concierto de la eternidad, donde cada nota parecía cubrir el universo pero al mismo tiempo sonaba a los oídos como una intimidad de exclusiva reserva.
Las melodías invadían un espacio tornasol, las notas eran nítidas y podía reconocerse cada instrumento, cada timbal, cada salterio, cada fagot, cada oboe, cada pandero, cada rabel cada címbalo; pero al mismo tiempo su conjunto era perfecto. Algo así como una brisa musical elevándose más allá de la percepción del oído del hombre.

Andrés se encontró maravillado en medio de la música, envuelto por el color y el perfume que inundaba el colosal escenario, era una diversidad de fragancias que parecían el aromata, pues la conjunción del jazmín y el ámbar se mezclaban con las esencias de sándalo o guayanas o tal vez todas las especies de los mercaderes de Saba y Reema.
Trasportado en un suave suspiro, recorrió los cantos angélicos, similares a los gregorianos de donde emergían los tenores y los barítonos.
Caminó como la música, entre las notas agudas de los sopranos y contraltos en el espectáculo colosal de cientos de miles de instrumentos, clarinetes y fagot, flautas y liras, salterios y arpas.
Sin embargo, un impulso incontenible y poderoso le hizo dirigirse al lugar donde estaban los violines, allí cientos de maestros vestidos de blanco ejecutaban con tal maestría las piezas melódicas en el concierto celestial.
Y descubrió que los maestros eran incontables y que el sonido de cada violín era único.
El impulso le detuvo frente a uno de los violines y observó al maestro a quien sonrió.
El concierto celestial cesó por unos segundos y se hizo un gran silencio. El silencio también era la música.
Los maestros quedaron impávidos.
Andrés descubrió el corazón de toda la música y la secuencia de todos los compases, todo era luz y paz, todo simplicidad y equilibrio.
Tomó pues el violín , extrajo una pequeña nota y corrigió su afinación. Los maestros observaron y esperaron la orden para reanudar el concierto.
Eran miles de violines.
Dios le concedió en el reino eterno el oído más sensible que puede tener el más virtuoso ser del universo. Le otorgó el dominio sobre la música de los ángeles y de los arcángeles y le asignó el lugar frente a los coros de los serafines que cantan sin cesar por toda la eternidad.

En el templo, el coro dominical cantaba y la asamblea participaba de la comunión del pan.



HOMBRECITO


Nancy no podía dormir. Era una noche del invierno y aún cuando todo era oscuridad, la tarde recién había caído.
Jugó en la cama hablando y acariciando su muñeca rubia. Sus hermanas , agotadas por el intenso juego de ese día, rendidas por el sueño, prontamente se durmieron.
Más allá, en la cocina, como es normal que hagan los padres, papá y mamá convesaban despreocupadamente sobre el invierno y el clima del mes de junio.
Nancy estaba cansada así que luego de varios intentos por quedar cómoda junto a su muñeca, finalmente se puso boca abajo y se inclinó tanto , que su cabeza quedó colgando por lo que podía mirar bajo la cama.
Fue entonces cuando lo vió por primera vez. Ahí, bajo la cama de madera , estaba el diminuto ser.
-Es un hombrecito-pensó. Y se alegró mucho con ello.
El pequeñísimo ser irradiaba una luminosidad que mantenía la claridad bajo la cama, parecía estar trabajando en algo muy importante, pues iba y venía en un movimiento constante.
Nancy no podía precisar que es lo que realmente hacía.
En todo caso, le pareció de una increíble ternura. Los seres más pequeños, siempre son atractivos para los niños. Se veía bastante concentrado en este ir y venir. Nancy avivó sus ojos que ya casi se cerraban y percibía que aquel hombrecito de pronto la miraba un tanto malhumorado. Finalmente mirando la luminosidad bajo su lecho se quedó dormida.
-¡Qué niñita!- exclamó su madre cuando la encontró dormida de ese modo. Y suavemente la acomodó en su cama.

Nancy despertó al día siguiente más tarde que lo usual, en silencio bajó de su cama y buscó por todos los rincones. Levantó la ropa y se deslizó por el piso , pero no había nada.
-Tal vez, ya se fue- Es lo que pensó. El día era muy intenso y no había tiempo para buscar hombrecitos tan pequeños.


Al anochecer , entonó una canción de cuna para su muñeca, hizo unas oraciones junto a ella , escuchó las voces y las risas de sus hermanas y junto a sus otros juguetes intentó dormir.
Recordó al hombrecito de la noche anterior.
Entonces bajó de su cama y tendida bajo el suelo le cautivó una vez más la escena que contemplaba: Una extraña luminosidad envolvente dejaba ver la imagen de un hombrecito que iba y venía en un trabajo interminable, parecía muy ocupado, como quien lleva cosas de un lugar a otro, dejándo ver en su semblante un tono de malestar y disgusto. Se trataba de un hombrecito muy malhumorado.
Ella permaneció en el piso, olvidó sus juguetes, olvidó a sus hermanas, a sus padres en la otra habitación, y se extasió mirando el trabajo de la diminuta figura bajo la cama. El cansancio del día le hizo dormir sobre el piso helado.
Así permanecía cuando su hermana la encontró. Dormía y sonreia profundamente.
Al fin y al cabo ver el movimiento de aquel hombrecito, era la mejor manera de dormir a una niña.


La misma escena se repitió a la noche siguiente y a la subsiguiente. Y por varias noches, la niña se encontró dormida bajó la cama con la cabeza hacia abajo.
-Algo le ocurre a esta niñita- Pensó su madre.

Sin embargo la situación empeoraría aún mucho más.
Nancy comenzó a despertar en la mitad de la noche, se bajaba somnolienta de su cama y se deslizaba bajo el piso frío: La luz bajo el lecho no sólo iluminaba y envolvía el interminable trabajo de aquel ser diminuto , sino que además producía el calor para que la niña durmiera plácidamente.
Muchas veces sus hermanas escucharon un murmullo en medio de la noche, pero ocurre que las noches de invierno vienen aparejadas con la monotonía del lluvia sobre los tejados, sonido incesante que adormece hasta los recuerdos.
La preocupación de la madre aumentó. Sin embargo permaneció en silencio. Algo le ocurría a su pequeña nancy, la menor de sus tres adoradas hijas.
Decidió que lo mejor sería revisar la habitación y cambiar la posición de lo que contenía aquel cuarto pequeño. Las piezas de las niñitas van acumulando juguetes, revistas, lápices, ropa y todo tipo de pequeños detalles.
Cambió la cama, revisó y limpió cada rincón y secretamente quiso buscar la causa del extraño insomio de su hija.
Finalmente pensó- Tal vez lo que necesita es  un médico-
Es lo que la gente adulta siempre supone de los niños.


Un sábado por la noche, luego de abandonar el comedor, Nancy se recostó bajo el piso de su cama, cruzó sus manos bajo el mentón y observó una escena bellísima:
El lecho se había iluminado desde un rincón y la luz magnética lo inundaba todo, una cálida brisa envolvía a la niña y muy muy lejos se podía percibir a interválos las voces de sus hermanas.
No era uno ni dos, eran muchos hombrecitos, tan pequeños como sus dedos, aparecían de todas direcciones , corrían y saltaban llamándola constantemente con sus manos, Nancy de pronto escuchó melodías que venían desde el rincón de su cuarto, la música era algo así como las hermosas rondas de la infancia , aquellas que todo niño ha entonado y que eran ejecutadas magicamente por instrumentos diminutos. Esta música le atrajo aún más cerca ,en una quietud sin límites donde se encuentra el embrujo del tiempo y del espacio. Y junto a tantos amigos viajó a ese mundo de miniaturas dondé cantó, corrió y danzó como la más feliz de la criaturas.
No había caramelos ni juguetes en el mundo comparable con este instante de feliz infancia.
Con el letargo de la dulzura, en la escena más tierna para las almas sensibles, extasiada y rendida, el sueño la envolvió y durmió languidamente.
Afuera el invierno dejaba caer sus penas, el monótono y constante ruido de la lluvia cubría la aldea y un arco iris luminoso le hizo soñar con los colores.
Era cerca de la medianoche cuando terminó la velada familiar.
Un mezcla de temor y espanto se apoderó de todos cuando descubrieron a Nancy bajo la cama, percatándose  que a pesar del frío de la noche, la habitación estaba agradablemente temperada y que su cuerpo relajado tenía el color rosa de la primavera.
La retiraron lenta y cuidadosamente, como se transporta la porcelana, y la depositaron en la habitación de los padres. Sus hermanas sollozaron, pero Nancy sonrió levemente y entrabriendo sus labios y sus párpados sólo musitó : hasta mañana.


La pequeña, comenzó a buscar siempre a sus amigos. No sólo al caer la noche, más bien en todos los momentos, en la mañana, al mediodía, por la tarde.
Ya sabía su madre que si no la encontraba deambulando por la casa construyendo palacios y castillos, inevitablemente estaría bajo su cama. Ese era el imán de su pasos.
-Ellos me llaman -decía-los hombrecitos siempre me están buscando.
Es lo mismo que repitió cuando visitaron al médico y cuando vino el sacerdote luego de la Misa del domingo.
-Es que son mis amigos, son muy entrenidos y trabajan mucho.


Pasaron los días y los meses.
Nancy compartió con su madre el maravilloso secreto. No había ninguna duda que bajo la cama estarían siempre sus diminutos amigos, los hombrecitos que le llamaban alegremente y jugaban a desaparecer en cada momento
Y allí estaba el primero de todos, aquel ser de mal humor que la parecer no le gustaba que interrumpieran su eterno trabajo. Ir y venir ir y venir.
Las madres siempre comprenden todo, es la facultad de las madres
Por tanto su madre continuó alzandola cada noche , acariciando sus mejillas para depositarla en su cama y velar su inocente sueño.
Las hermanas indiferentes a las fantasías de una niña chica, terminarían por acostumbrarse a esta situación
El invierno se fue alejando y una vez más la tierra se cubría de aromas y de perfumes. El sol penetró por entre los arbustos en la búsqueda de los pequeñísimos seres de la tierra.
LLegaba la primavera , pero aún con todo su esplendor los días continuaron siendo breves para los niños de la tierra.


Una noche, Nancy ya agotada de sus juegos, intentó encontrar a sus amigos como cada noche, pero ellos ya no estaban ahí.
Les llamó suavemente pero ellos no respondieron, les esperó pero ellos no llegaron.
Cuando su madre vino a su cuarto para repetir el ritual de cada medianoche, encontró a su hija dormida dulcemente junto a su muñeca. Suspiró y sonrió. 
Aquella noche todos durmieron en la placidez del sueño. Del mismo modo ocurrió la noche siguiente y también la subsiguiente.
Un día cualquiera Nancy ya no miró a sus amigos, ni los buscó.
Fue lo más natural que ellos se hubieran marchado, tal vez en busca de otro amigo pequeño.